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Mil años de historia: la muerte del Major Oak y lo que revela sobre el futuro de los bosques

Redaccion E30·18/6/2026
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Mil años de historia: la muerte del Major Oak y lo que revela sobre el futuro de los bosques

Después de más de mil años en pie, el Major Oak de Sherwood Forest —considerado por muchos el árbol más famoso del mundo— ha muerto sin producir hojas esta temporada, víctima de una combinación de estrés hídrico acumulado, intervenciones humanas mal calibradas y el impacto sostenido del cambio climático. Su desaparición no es solo un evento cultural: es una señal de alerta sobre la fragilidad de ecosistemas que el mundo corporativo y los gobiernos han tardado en valorar como activos estratégicos.

Con un perímetro de 11 metros y una copa de 28 metros, el roble había resistido siglos de historia inglesa, desde las leyendas de Robin Hood hasta las guerras mundiales, cuando Sherwood Forest sirvió como campamento militar. Sin embargo, fue la acumulación de decisiones bien intencionadas —soportes metálicos instalados en 1904, rellenos de concreto en los años 60, recubrimientos de plomo y fibra de vidrio— lo que, paradójicamente, comprometió su capacidad de autorregulación. Según Chloe Ryder, directora de operaciones del sitio gestionado por la RSPB desde 2018, los soportes artificiales impidieron que el árbol siguiera su proceso natural de 'crecimiento hacia abajo', mecanismo mediante el cual los robles antiguos reducen su demanda de agua y nutrientes al retraerse hacia el tronco. Las investigaciones subterráneas revelaron un sistema radicular 'estrangulado y empobrecido, en total desconexión con su entorno', según declaró Ryder.

El arborista Reg Harris, quien monitoreó la salud del árbol durante nueve años para la RSPB, señaló que la falta de lluvia estival en los últimos cinco años, combinada con temperaturas récord —como la ola de calor de julio de 2022, cuando Reino Unido registró 40°C históricos—, tuvo 'una participación significativa' en su declive final. Este caso ilustra una tensión creciente en la gestión del patrimonio natural: la intervención humana intensiva, incluso con fines conservacionistas, puede acelerar la degradación de sistemas que evolucionaron para funcionar sin asistencia. Ed Pyne, asesor senior de conservación en el Woodland Trust, advirtió que Inglaterra pierde un árbol de esta categoría cada año, sin que exista protección legal específica para los ejemplares más antiguos. El país alberga 114 robles vivos con más de nueve metros de perímetro —descritos por conservacionistas como 'los rinocerontes blancos del Reino Unido'—, frente a solo 98 en el resto de Europa. Para los estrategas de sostenibilidad y los inversores en activos naturales, la lección es clara: el valor de un ecosistema no se preserva únicamente con infraestructura, sino con comprensión profunda de sus dinámicas propias y con marcos regulatorios que reconozcan su irreemplazabilidad.

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