Más de 5,000 personas respondieron a una convocatoria dirigida a egresados de la UNAM que completaron todas sus materias hace más de una década, pero nunca cerraron formalmente su proceso de titulación. La magnitud de la respuesta —ante una oferta inicial de apenas 500 espacios— expone una brecha estructural entre egresar y certificarse que afecta a miles de profesionales en activo dentro del mercado laboral mexicano.
Según la Agenda Estadística UNAM 2025, durante 2024 se registraron 35,641 egresados de licenciatura, de los cuales solo 27,580 lograron titularse. La diferencia no es anecdótica: representa un patrón sostenido que la propia universidad ha intentado corregir diversificando sus rutas de titulación. En 2024, el 85.2% de los títulos se obtuvieron mediante modalidades distintas a la tesis o el examen profesional tradicional, frente a aproximadamente el 50% que usaba esas vías en 2008. El sistema, en otras palabras, ha tenido que adaptarse a una realidad que ya existía en el terreno.
Un estudio sobre factores que obstaculizan la titulación en universidades mexicanas identifica la falta de tiempo como el principal impedimento, citado por el 45.1% de los encuestados. Le siguen la escasez de asesores calificados (18.6%), problemas personales y falta de bibliografía (13.7% cada uno) y dificultades económicas (8.9%). El 45% también señala la falta de organización personal como factor determinante. Estos datos apuntan a un problema que no es de capacidad académica, sino de diseño institucional: los sistemas universitarios históricamente no han contemplado mecanismos de reincorporación para quienes interrumpen el trámite final tras insertarse en el mercado laboral.
Para los estrategas de capital humano y los líderes de organizaciones, este fenómeno tiene implicaciones directas. Un reporte sobre educación superior en México proyecta que, si se mantienen las tendencias actuales, solo el 26% de los jóvenes mexicanos obtendrá un título universitario a lo largo de su vida. Eso significa que una fracción significativa de la fuerza laboral calificada opera sin credencial formal, lo que afecta tanto la movilidad profesional individual como los indicadores de talento que utilizan las empresas para tomar decisiones de contratación, promoción y desarrollo. El caso analizado no es un evento aislado: es una señal de que los sistemas de certificación deben evolucionar hacia modelos más flexibles, continuos y accesibles para quienes ya forman parte del ecosistema productivo.