Diseño local de semiconductores: cómo los países emergentes escalan en la cadena de valor
Cinco décadas de ensamblaje, pruebas y empaquetado de componentes consolidaron a varias economías del sudeste asiático en la industria global de semiconductores. Ese modelo, aunque rentable en su momento, muestra hoy sus límites estructurales: los países que no avanzan hacia el diseño y la fabricación de chips propios enfrentan una pérdida progresiva de inversión extranjera frente a regiones con capacidades tecnológicas más sofisticadas. La introducción reciente de seis chips diseñados íntegramente por empresas locales en Malasia —con un potencial de ventas estimado en 300 millones de ringgits— ilustra con precisión este movimiento hacia eslabones superiores en la cadena de valor.
Este desplazamiento ocurre en un contexto de mercado que amplifica sus consecuencias. Según datos de la industria, el mercado global de semiconductores superó los 526,000 millones de dólares en 2023 y se proyecta que alcanzará el billón de dólares antes de 2030, impulsado por la demanda de inteligencia artificial, vehículos eléctricos y dispositivos conectados. McKinsey & Company advierte que los países confinados a etapas de manufactura de bajo valor agregado verán erosionarse sus márgenes conforme la automatización neutralice la ventaja del costo laboral. En contraste, el diseño de chips propios genera propiedad intelectual, empleos de alta calificación y mayor poder de negociación frente a clientes globales: tres activos que ninguna política de atracción de inversión puede sustituir a corto plazo.
Para estrategas corporativos e inversores en México y América Latina, la trayectoria de economías como Malasia ofrece un marco de referencia accionable. La región dispone de talento en ingeniería, acuerdos de libre comercio con mercados clave y una demanda interna creciente por soluciones tecnológicas. Sin embargo, la evidencia comparada indica que la inversión sostenida en investigación y desarrollo, las alianzas estructuradas entre universidades y empresas privadas, y las políticas públicas de largo plazo son los factores que separan a los países que escalan en la cadena de valor de aquellos que permanecen atrapados en funciones de manufactura básica. Para los tomadores de decisiones en la región, la pregunta ya no es si este modelo es replicable, sino con qué velocidad están dispuestos a comprometer recursos y voluntad institucional para recorrer ese camino.



