Sustentabilidad corporativa: por qué el liderazgo ambiental escala a la alta dirección

Incorporar un ejecutivo dedicado exclusivamente a la gestión ambiental y de sustentabilidad ha dejado de ser una señal de responsabilidad social para convertirse en una decisión estratégica con implicaciones directas en la competitividad, el acceso a capital y la continuidad operativa. Según el Informe Global de Riesgos del Foro Económico Mundial, los riesgos ambientales ocupan consistentemente las primeras posiciones en horizonte de impacto a diez años, lo que obliga a las organizaciones a elevar esta función al nivel de la alta dirección en lugar de mantenerla como un apéndice de comunicación corporativa.

La pandemia aceleró un replanteamiento profundo sobre la relación entre los modelos de negocio y los sistemas naturales. Desde entonces, marcos como el Grupo de Trabajo sobre Divulgaciones Financieras Relacionadas con la Naturaleza (TNFD) y la Iniciativa de Objetivos Basados en la Ciencia (SBTi) han introducido estándares que exigen a las empresas identificar, medir y reportar sus dependencias y riesgos frente a la naturaleza. Para sectores como la moda, la agroindustria o la manufactura, esto implica cuantificar impactos que van desde la escasez hídrica en la producción de algodón hasta la deforestación asociada a cadenas de suministro de materias primas. Sin una figura ejecutiva con autoridad y recursos suficientes, estas tareas quedan fragmentadas entre áreas que carecen del mandato para transformar operaciones a escala.

Sin embargo, el entorno no es uniforme. Un giro político hacia posiciones más escépticas frente a la agenda climática en varios mercados ha generado presión para diluir regulaciones y reducir equipos de sustentabilidad en algunas organizaciones, provocando el cierre de consultorías especializadas y la consolidación de funciones que antes operaban de forma independiente. Paradójicamente, las empresas que han mantenido o reforzado su compromiso ambiental reportan mayor demanda de sus servicios y mejor posicionamiento ante inversionistas institucionales que integran criterios ESG en sus decisiones de asignación de capital, tendencia documentada por McKinsey en su análisis sobre la prima de valuación asociada a empresas con gobernanza ambiental robusta. Para el nivel ejecutivo en México, la pregunta ya no es si la sustentabilidad es relevante, sino si la estructura organizacional actual tiene la capacidad ejecutiva para gestionarla como lo que es: un vector de riesgo y oportunidad de largo plazo.