Más de 1.8 millones de vehículos eléctricos se vendieron en el mercado estadounidense entre enero y agosto de este año, una cifra que refleja un apetito real por la movilidad eléctrica, impulsado en parte por el alza sostenida en los precios de la gasolina. Sin embargo, detrás de ese dinamismo comercial se perfila un cuello de botella estructural: la infraestructura de carga no crece al mismo ritmo que la demanda. Según datos del sector, las sesiones de carga proyectadas para 2025 aumentarán un 34%, mientras que las nuevas instalaciones de cargadores solo han crecido un 16%, un desajuste que, de no corregirse, podría convertirse en el principal obstáculo para la masificación del vehículo eléctrico.

Una señal adicional de la solidez de la demanda proviene del mercado de usados: los vehículos eléctricos arrendados registran tasas de retención del 96%, lo que indica que los conductores que adoptan la tecnología no regresan a los motores de combustión interna, sino que migran hacia otros modelos eléctricos. Este comportamiento del consumidor es relevante para los estrategas corporativos y los inversores en movilidad, pues sugiere que la curva de adopción no está en retroceso, sino en proceso de maduración. El crecimiento del segmento de vehículos eléctricos usados —que comienza a competir en precio con sus equivalentes de gasolina— abre además un vector de mercado que hasta hace poco era marginal.

Para los líderes empresariales que evalúan inversiones en infraestructura, logística de última milla o flotas corporativas, el mensaje es claro: la electrificación vehicular avanza con fundamentos sólidos, pero la velocidad de despliegue de infraestructura de carga será el factor determinante de su viabilidad operativa. La entrada de camionetas eléctricas en segmentos de precio accesible por parte de distintos fabricantes amplía el universo de usuarios potenciales, lo que incrementa aún más la presión sobre una red de carga que ya acusa rezago. Gobiernos, desarrolladores inmobiliarios y operadores de flotas enfrentan una ventana de oportunidad —y de riesgo— para posicionarse en este ecosistema antes de que la brecha entre oferta y demanda se vuelva insostenible.