Crédito de subsistencia y morosidad estructural: el nuevo riesgo del consumo interno

Más de la mitad de los hogares enfrenta dificultades para cumplir con sus obligaciones financieras, reflejando un deterioro significativo en la capacidad de pago que no puede leerse como un evento coyuntural. Se trata de una manifestación estructural con implicaciones directas para el sistema financiero, el consumo masivo y la estabilidad macroeconómica de mediano plazo.

Uno de los cambios más reveladores es la transformación en el uso del crédito. Históricamente, el financiamiento al consumo en mercados emergentes se orientaba hacia bienes duraderos —electrodomésticos, vehículos, mejoras al hogar—. Hoy, ese patrón se ha invertido: 26% de quienes accedieron a préstamos los destinaron a la compra de alimentos; 21%, a gastos cotidianos del hogar; 15%, a servicios e impuestos; y 14%, a cancelar deudas previas. Este fenómeno, documentado en episodios de contracción económica en otras economías emergentes, activa una señal de alerta de primer orden. Organismos internacionales han estimado que cuando más del 20% del crédito al consumo se destina a necesidades básicas, la probabilidad de impago sistémico aumenta de forma significativa en los trimestres subsecuentes.

Análisis por segmento socioeconómico revelan una distribución del riesgo que los modelos tradicionales de scoring crediticio difícilmente capturan en tiempo real: 72% de los hogares de menores ingresos reporta atrasos en sus pagos, frente a 43% en el nivel medio y 30% en los segmentos de mayores ingresos. La irregularidad en el crédito alcanzó 12.9% en meses recientes, con mayor concentración en préstamos personales y tarjetas de crédito. Solo 36% de los hogares endeudados confía en poder cumplir con sus compromisos; el 63% restante expresa dudas o incertidumbre. Para estrategas del sector financiero, retail y consumo masivo, estas cifras configuran un mapa de riesgo que exige revisar modelos de evaluación crediticia, políticas de cobranza y estrategias de portafolio. En un entorno donde la desinflación avanza pero los ingresos reales aún no se recuperan, la brecha entre acceso al crédito y capacidad de repago se consolida como el principal factor de vulnerabilidad para cualquier modelo de negocio anclado en el consumo interno.