Cooperativas de cuidado: el modelo que puede formalizar el trabajo de miles de cuidadoras

Formalizar el trabajo de cuidado de adultos mayores es uno de los desafíos más urgentes que enfrenta América Latina ante el acelerado envejecimiento de su población. Según datos del Banco Mundial, para 2050 más del 25% de la población latinoamericana tendrá más de 60 años, una transición demográfica que presiona a sistemas de salud, familias y mercados laborales sin que exista aún una respuesta institucional suficiente. En este contexto, el modelo cooperativo aplicado al cuidado formal emerge como una señal débil pero significativa de lo que podría convertirse en una tendencia estructural: la organización colectiva de trabajadoras de la economía popular como vía hacia la formalización, la calidad y la sostenibilidad del sector.

El modelo en cuestión parte de un diagnóstico preciso: la principal competencia del cuidado formal no son otras empresas, sino la informalidad que prevalece en el sector. Miles de cuidadoras operan sin formación certificada, sin cobertura de riesgos laborales y sin protección ante decisiones unilaterales de empleadores o plataformas. La respuesta cooperativa invierte esta lógica: la organización madre es propiedad de las propias cuidadoras, los activos tecnológicos —incluidas las plataformas de conexión con familias, gobiernos y organizaciones— pertenecen al colectivo, y el servicio se estructura sobre equipos corresponsables en lugar de prestadoras individuales y sustituibles. Este diseño no solo protege a las trabajadoras, sino que eleva la confiabilidad del servicio para las familias que acceden a él. Pensadores como el filósofo Stefano Zamagni han argumentado que la construcción de capital social —confianza, conexión y acción colectiva— es el paso previo indispensable para cualquier transformación económica duradera, y este modelo lo operacionaliza de forma concreta.

Sin embargo, escalar este tipo de iniciativas enfrenta fricciones reales que los estrategas e inversores de impacto deben considerar. La comercialización de servicios de cuidado es un proceso lento, donde la confianza pesa más que la comunicación masiva: el boca a boca y la identificación de interlocutores clave en el momento preciso resultan determinantes. Por otro lado, la transición de la informalidad a la formalidad implica costos y riesgos concretos para las trabajadoras, incluyendo la inscripción en regímenes fiscales como el monotributo social —donde el Estado cubre el componente impositivo y previsional, pero el proceso administrativo sigue siendo una barrera significativa—. A medida que la inteligencia artificial y otras tecnologías de automatización avanzan sobre sectores de servicios, el cuidado humano de personas mayores se perfila como uno de los espacios donde la tecnología puede actuar como habilitador de calidad laboral, no como sustituto. Integrar IA para el monitoreo de calidad, la gestión de equipos de reemplazo y la conexión eficiente entre oferta y demanda representa la frontera donde la economía del cuidado y la transformación digital convergen con mayor potencial de impacto social y de negocio.