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¿Ha muerto el ESG?

La pregunta resuena con fuerza en los pasillos corporativos, en los foros académicos y en las mesas de los reguladores: ¿ha muerto el ESG? La duda no surge de la nada. En Estados Unidos, el concepto se ha convertido en un campo de batalla político. Algunos gobiernos estatales han impulsado leyes para limitar las inversiones con criterios ambientales, sociales y de gobernanza, mientras que a nivel federal se ha cuestionado su relevancia en la agenda global. 

 

ESG

El resultado es un clima de incertidumbre que lleva a muchas empresas a evitar incluso mencionar el término en sus reportes, como si se tratara de una etiqueta tóxica. Pero la pregunta de fondo es más profunda: ¿puede sobrevivir una empresa que ignore el impacto que genera en su entorno?

Naciones Unidas ha advertido que el mundo no alcanzará la mayoría de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) en 2030. El informe de progreso de 2023 señalaba que apenas el 15% de las metas están encaminadas a cumplirse, mientras que cerca del 50% muestran avances insuficientes y más de un tercio están estancadas o retrocediendo. 

Esto significa que millones de personas seguirán viviendo en condiciones de pobreza, desigualdad y vulnerabilidad, y que la acción climática se queda corta frente a la magnitud de la crisis. El incumplimiento no es un detalle técnico: es la evidencia de que los compromisos globales se han quedado en promesas.

En el ámbito empresarial, el panorama es igualmente complejo. El greenwashing ha contaminado la narrativa de sostenibilidad: campañas publicitarias que hablan de compromiso ambiental mientras las prácticas reales siguen siendo extractivas, contaminantes o indiferentes. 

Este maquillaje no solo erosiona la confianza pública, sino que desacredita los esfuerzos genuinos de aquellas compañías que sí buscan transformar su modelo de negocio. El ESG no ha muerto, pero sí ha sido traicionado por quienes lo usan como etiqueta vacía.

Y sin embargo, pese a las críticas y las presiones, el ESG sigue siendo un marco indispensable. Un estudio del Center for Sustainability & Excellence confirma que existe una relación del 92% entre alto desempeño ESG y mejores resultados financieros en las principales empresas de Norteamérica. 

Es decir, lejos de ser un lastre, ESG se mantiene como un motor de competitividad y resiliencia. Las compañías que integran criterios de sostenibilidad en su estrategia no solo reducen riesgos, también fortalecen su reputación, atraen talento y generan confianza en los mercados.

Aquí está el punto central: el propósito de las empresas no puede reducirse a la rentabilidad inmediata. La rentabilidad es condición necesaria, pero no suficiente. Las organizaciones que entienden su papel como agentes de transformación saben que su legitimidad se construye en la medida en que generan valor social, ambiental y cultural. El ESG, pese a sus tropiezos y a la resistencia política, sigue siendo un camino viable para conectar ese propósito con la acción empresarial. No es una moda, es un marco de referencia que obliga a preguntarse cómo y para quién se crea valor.

La pregunta inicial —¿ha muerto el ESG?— se responde con otra: ¿puede sobrevivir una empresa que ignore el impacto que genera en su entorno? La evidencia indica que no. El futuro pertenece a quienes asumen que la sostenibilidad no es un accesorio. 

El desafío es enorme, pero también lo es la oportunidad: rescatar el ESG de la superficialidad y devolverle su fuerza como narrativa de propósito. Porque si algo debe morir, no es el ESG, sino la indiferencia.

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