“Es muy caro, pero valió la pena”: México, el Mundial y una fiesta global
El ahora Estadio Ciudad de México se convirtió en el primer recinto de la historia en inaugurar tres Copas del Mundo. Pero el Mundial que regresó no era el mismo, sabía, olía y tenía colores diferentes. La sensación al interior del estadio contrastaba con las calles alrededor del estadio, que estaban cubiertas de verde desde temprano.
En las calles y avenidas habían mexicanos, sudafricanos, argentinos, brasileños, colombianos, ucranianos ingleses, alemanes, croatas. Algunos llegaron en transporte público, otros en camionetas privadas y varios después de recorrer medio planeta. Todos caminaban hacia el mismo lugar.
La sensación era la de una fiesta mundial. Y también la de una industria global.
El negocio detrás del espectáculo
La FIFA espera generar más de 11,000 millones de dólares durante el ciclo de 2023 a 2026. Nunca antes el organismo había movido tanto dinero. Tampoco un Mundial había reunido a 48 selecciones. Nunca antes había existido una maquinaria comercial para abarcar esta dimensión.
La inauguración fue una clara demostración del nuevo orden deportivo.
Shakira, Danny Ocean, J Balvin, Maná, Belinda y Los Ángeles Azules aparecieron en escena. La actriz mexicana Salma Hayek dio la bienvenida al mundo. Helicópteros cruzaron el cielo cargando una enorme bandera mexicana. Hubo fuegos artificiales, una pantalla gigante, luces y una producción que por momentos parecía más cercana al entretenimiento estadounidense que a las ceremonias mundialistas de otras épocas.
Incluso los códigos de entrada al espectáculo han cambiado. Los jugadores de México y Sudáfrica salieron al campo en fila bajo un telón sonoro de “Sirius”, de The Alan Parsons Project, un tema potente, diseñado para elevar la tensión y la expectativa, pero más cercano a una apertura de show televisivo que a la antesala tradicional de un partido de futbol.
Antes, ese momento pertenecía al himno de la FIFA o a una solemnidad más contenida que marcaba el tránsito entre el exterior y el juego. Hoy, incluso esa frontera se ha diluido. El ritual de entrada ya no solo prepara para el partido, también construye espectáculo.
El mensaje era directo, aunque por momentos difuso: el futbol es el protagonista, pero ya no es el único actor del espectáculo.
En el propio estadio aparecían señales de esa transformación. Los pagos en efectivo prácticamente desaparecieron y la mayoría de las compras fueron digitales. También aparecieron las pausas de hidratación que detuvieron el juego en dos ocasiones. Oficialmente eran cortes para proteger a los futbolistas del calor; extraoficialmente, recordaban que incluso el tiempo dentro de la cancha se ha convertido en un activo comercial.
Todo estaba diseñado para funcionar como una experiencia mundialista integral mientras rodaba el balón, desde los sistemas de pago y la oferta comercial hasta los espectáculos que acompañaron la inauguración.
Porque por más producción, patrocinadores y mercadotecnia deportiva que rodeen al torneo, hay un momento en el que todo vuelve a ser extraordinariamente simple.