Domingo Faustino Sarmiento formuló una de las preguntas más incómodas de la historia política latinoamericana: ¿cuántos argentinos sabían leer y escribir? La respuesta —77 de cada cien encuestados respondieron negativamente— sintetizó la urgencia de un proyecto educativo que él mismo impulsaría con una convicción casi mesiánica. Su legado trasciende la figura del prócer escolar: representa un modelo de pensamiento que vinculó alfabetización, productividad económica y construcción democrática en una sola ecuación.
En 'Instrucción pública' (1849), Sarmiento estableció con precisión inusual para su época que 'el poder, la riqueza y la fuerza de una nación dependen de la capacidad industrial, moral e intelectual de los individuos que la componen'. Para fundamentar este argumento, recurrió a datos empíricos: testimonios de fabricantes de Nueva Inglaterra que documentaban la relación directa entre educación primaria y productividad laboral, incluyendo evidencia de que las mujeres alfabetizadas percibían salarios significativamente superiores. Esta articulación entre datos industriales y política educativa lo distanció de los debates puramente ideológicos de su tiempo y lo acercó a una lógica de desarrollo que hoy reconoceríamos como capital humano. El historiador que introduce la compilación publicada por Entorno contrasta estas ideas con las de Juan Bautista Alberdi y Juan Manuel de Rosas, quienes asociaban la educación con la desobediencia —una tensión que no ha desaparecido del todo en la región.
Particularmente relevante para el contexto latinoamericano actual es su obra 'De la educación de las mujeres', donde Sarmiento describe las pequeñas escuelas dirigidas por mujeres en comunidades rurales y urbanas —las llamadas 'Escuelitas de mujer'— como infraestructura social indispensable. Esta visión integral, que concebía la educación femenina como palanca del desarrollo doméstico y público simultáneamente, anticipó debates que organismos como la CEPAL y el Banco Mundial retomarían más de un siglo después. En países como México, donde la brecha educativa de género persiste en zonas rurales y la educación sigue siendo el principal vector de movilidad social, las preguntas que Sarmiento planteó desde el exilio conservan una vigencia que incomoda y orienta a la vez. Su muerte en Asunción el 11 de septiembre de 1888 no clausuró ese proyecto: lo convirtió en una agenda pendiente.