Incertidumbre regulatoria en importación de carne frena planificación de la industria
Desde inicios de año, el sector cárnico mexicano opera en un entorno de alta incertidumbre regulatoria. El sistema de cupos para importar carne de res y cerdo —que contemplaba 70,000 y 51,000 toneladas respectivamente— no ha contado con reglas de licitación completamente definidas, lo que retrasó la gestión de pedidos hasta marzo y abril, comprimiendo el margen operativo de las empresas para aprovechar los volúmenes autorizados antes de su vencimiento en diciembre. Para los directivos de abasto y cadena de suministro, esta situación representa un riesgo concreto: sin certidumbre sobre la continuidad de estas herramientas, resulta prácticamente imposible negociar con proveedores internacionales o programar embarques con la anticipación que exige la logística global.
En términos de escala, los cupos autorizados son modestos frente al tamaño real del mercado. Con un consumo proyectado de 2.3 millones de toneladas de carne de res y 3.5 millones de toneladas de cerdo para 2025, los cupos representan apenas el 2.2% y el 2.1% de la demanda nacional, respectivamente. Su función no es sustituir la producción local, sino complementarla y diversificar el abastecimiento en un contexto donde el consumo crece a un ritmo superior a la oferta interna. Sin embargo, la falta de definiciones claras sobre su renovación para el siguiente año convierte una herramienta de política comercial en una fuente de inestabilidad para la planeación empresarial.
El escenario se vuelve más complejo cuando se incorpora la variable del cierre fronterizo de Estados Unidos al ganado mexicano, motivado por el brote del gusano barrenador. Ese cierre —ocurrido por primera vez en noviembre de 2024 y reactivado en julio de 2025, con reapertura gradual prevista para agosto de 2026— ha generado un excedente de producto en el mercado interno estimado por la Confederación Nacional de Organizaciones Ganaderas (CNOG) en alrededor de 35,000 toneladas mensuales de carne de res. En ese contexto, la coincidencia temporal entre el ingreso de carne brasileña y el cierre de exportaciones de ganado vivo ha intensificado las tensiones entre importadores y productores nacionales. Para los estrategas del sector, el desafío de fondo es diseñar una política de abasto que equilibre la competitividad del mercado interno con la viabilidad de la ganadería nacional en un entorno de alta volatilidad regulatoria y sanitaria.



