El arte de amar lo que hacemos… y ser correspondidos
Por Iván Javier González Abella*
Cada febrero, San Valentín se convierte en el pretexto perfecto para hablar de amor.
Y quiero llevar esto al ámbito corporativo, para preguntarnos ¿qué tanto amamos lo que hacemos?
Porque al final, el trabajo también es una relación. Una relación de tiempo, energía, propósito, sueños y, muchas veces, de renuncias o aplazamientos.
Solemos pasar más horas con nuestros equipos que, en ocasiones, con nuestras familias. Celebramos logros, lidiamos con frustraciones, atravesamos cambios y crisis. El trabajo no es solo un lugar al que vamos; es una parte profunda de nuestra vida.
Aunque un estudio de Buk, plataforma digital de recursos humanos, señala que México tiene un 65% de felicidad laboral, también se registran altos niveles de estrés. Se estima que el 75% de los trabajadores mexicanos sufren de fatiga por estrés laboral o burnout, una de las cifras más altas a nivel mundial, según la OMS.
Y es que al igual que una relación interpersonal, el amor no es unidireccional, se requiere dar y recibir. Porque amar lo que hacemos no significa vivir motivados todo el tiempo ni romantizar el agotamiento, o sacrificar la salud mental en nombre de la pasión.
Entonces una pregunta se vuelve inevitable: ¿De qué sirve amar lo que hacemos si ese amor se convierte en desgaste? Si no nos sentimos valorados, ¿Se puede construir compromiso sin bienestar?
Amar lo que se hace no es suficiente, debe ser correspondido, las organizaciones deben ser corresponsables. El compromiso es una consecuencia del diseño de entornos sostenibles y flexibles.
Cuando el compromiso se apoya únicamente en la exigencia y no en el equilibrio, el resultado es desgaste. Nadie puede amar un trabajo que le exige elegir todos los días entre su vida personal y su carrera profesional.
Las organizaciones con políticas sólidas de conciliación, liderazgo corresponsable y estructuras flexibles presentan menores niveles de rotación, mayor permanencia del talento clave y mejores indicadores de desempeño.
Las nuevas generaciones, nativas digitales y con alta conciencia de bienestar, no están cuestionando el trabajo; están cuestionando el modelo.
Buscan entornos donde puedan desarrollarse profesionalmente sin sacrificar su salud mental, su familia o su proyecto de vida. Las organizaciones que adoptan esta visión construyen ventajas sostenibles y resilientes.
No es casualidad que, según la Encuesta Global de Bienestar 2022-2023 Global Wellbeing Survey, de la firma global AON, las organizaciones con culturas de bienestar y flexibilidad reporten desde un 11%, hasta un 55% más productividad y menores niveles de rotación. El cuidado no es solo humano: también es estratégico.
En México, necesitamos seguir impulsando entornos saludables. Las personas no se comprometen con lugares que las desgastan, sino con lugares que las cuidan. Donde pueden crecer sin abandonar su vida personal, donde el bienestar no es un eslogan, sino una práctica cotidiana.
Porque el compromiso no se impone, se diseña. Y ese diseño comienza por reconocer que cuando el trabajo se vive con equilibrio, flexibilidad y sentido, el compromiso deja de ser una estrategia… y se convierte en una consecuencia natural: me cuidas como trabajador y también cuido de la organización.
*El autor es psicólogo organizacional, coach ontológico, especialista en comunicación corporativa, con maestría en recursos humanos y gestión del conocimiento. Director de la certificación efr (empresa familiarmente responsable) para México.
