Argentina registró sus peores resultados en las pruebas PISA desde 2006, con una caída de entre 11 y 13 puntos según el área evaluada, ubicando al país en la octava posición entre trece naciones latinoamericanas participantes. Aunque la magnitud numérica puede parecer moderada en escalas que rondan los 400 puntos, Sol Alzú, analista de datos de Entorno, advierte que esa pérdida equivale a más de medio año de escolaridad, en un sistema que ya operaba muy por debajo de los estándares de los países con mejor desempeño global.
El deterioro abarca las tres dimensiones evaluadas. Seis de cada diez estudiantes no alcanzan los niveles mínimos en lectura y ciencias; en matemáticas, la proporción escala a ocho de cada diez. En los niveles avanzados, el panorama es aún más crítico: apenas el 1% de los estudiantes alcanza desempeño superior en lectura y ciencias, y menos del 0.5% en matemáticas. Estos datos no emergen en el vacío: informes previos sobre comprensión lectora, ausentismo escolar, tasas de graduación, formación docente y adopción tecnológica ya habían trazado un mapa de vulnerabilidades que PISA ahora confirma con cifras. La pregunta que plantea Alzú es estructural: ¿por qué, conociendo los problemas, las respuestas de política pública llegan tarde o carecen de mecanismos para evaluar su efectividad?
Mirar únicamente la comparación con la edición 2022 subestima la profundidad del problema. Los resultados actuales retrotraen al país a niveles de 2006, lo que implica casi dos décadas de estancamiento real. La brecha con los países líderes puede alcanzar hasta 200 puntos en algunas áreas, una distancia que ninguna mejora marginal puede cerrar sin reformas sistémicas. En el plano regional, Argentina se ubica por debajo de Chile, Uruguay y Brasil, lo que evidencia no solo un rezago global sino también una pérdida de posición relativa en su propio entorno. Aunque las pruebas Aprender mostraron una leve recuperación en Lengua, Alzú la describe como un retorno a valores de 2016, insuficiente para alterar el diagnóstico de fondo. El nivel socioeconómico incide en los resultados, pero PISA muestra que la dificultad atraviesa distintos sectores sociales y tipos de gestión, lo que descarta explicaciones parciales y exige una lectura más honesta sobre las capacidades reales del sistema educativo argentino.