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Larisa Lara: migración, poder y la voz que incomoda

Por Giovanni Vargas

La trayectoria de la Dra. Larisa Lara responde a la disciplina y rigor académico. Responde a una incomodidad temprana: la conciencia de desigualdad. “Desde muy joven me di cuenta… y quise ayudar”, afirma al reconstruir un origen que no romantiza, sino que expone con crudeza: niñas de su misma edad atrapadas en redes de explotación. Ese punto de quiebre no sólo define una vocación; define un método.

Ganadora del Premio Mujer Tec 2026 en Ciudadanía con Perspectiva de Género, Lara no representa una figura simbólica. Representa una línea de pensamiento que tensiona la distancia entre academia, diplomacia y política pública. Su carrera -del Tec de Monterrey a Oxford, de Londres a París, y de ahí a organismos internacionales- no es una acumulación de credenciales, sino una especialización progresiva en una pregunta incómoda: ¿quién diseña las políticas migratorias y para quién?

 

Mujeres
Dra. Larisa Lara, ganadora del Premio Mujer Tec 2026.

Su respuesta es directa: existe una fractura estructural entre teoría y práctica. La academia produce marcos analíticos sofisticados, pero arrastra sesgos, especialmente eurocéntricos. La diplomacia, en cambio, enfrenta realidades políticas cambiantes que obligan a negociar principios. “Hay que entender las diferentes visiones de muchos países”, sostiene, subrayando que la perspectiva de género no puede imponerse como receta universal, sino adaptarse a contextos políticos dinámicos.

Esa tensión no es un obstáculo para Lara; es el terreno donde construye su liderazgo.

La migración como sistema, no como crisis

A diferencia de la narrativa dominante que reduce la migración a emergencia o amenaza, Lara insiste en reposicionarla como sistema transnacional de valor. Su trabajo sobre diásporas -comunidades que mantienen vínculos activos con sus países de origen- desmonta la idea del migrante como sujeto pasivo.

“El primer paso es entender la motivación de la diáspora… tratarlos como pares”, afirma.

La frase es más radical de lo que parece. Implica desplazar al Estado del centro de la política pública y reconocer a los migrantes como agentes de desarrollo. Bajo esta lógica, las remesas son apenas la superficie. El verdadero capital está en redes de conocimiento, mentoría y transferencia de capacidades.

Su propuesta metodológica es precisa: mapear talento, convocar con base en intereses reales, construir proyectos concretos y medir impacto en ambos extremos -país de origen y de destino-. El resultado no es asistencialismo, sino corresponsabilidad.

Género: de categoría a herramienta de diseño

Lara evita el lugar común de la “inclusión” como consigna. Para ella, la perspectiva de género es una herramienta de diseño de políticas públicas. No se trata de incorporar mujeres a estructuras existentes, sino de rediseñar esas estructuras.

Su trabajo en la Alianza Global de Políticas de la Diáspora -que articula a gobiernos y organismos internacionales- ha derivado en instrumentos concretos: guías para integrar género y juventud en políticas migratorias, cursos para autoridades y mecanismos de visibilidad.

El argumento es empírico: las mujeres migrantes no sólo sostienen redes familiares, sino que redefinen las dinámicas económicas y sociales de la diáspora. Ignorarlas no es una omisión ética; es un error estratégico.

“Cada vez más las mujeres apoyan a sus familias desde el extranjero… y los jóvenes se involucran de forma distinta”, explica.

La implicación es clara: las políticas homogéneas fracasan porque desconocen diferencias estructurales.

La política pública como negociación de poder

Uno de los aportes más relevantes de Lara es su insistencia en el enfoque multisectorial. La migración no puede gestionarse desde una sola institución ni desde una sola disciplina. Requiere lo que en organismos internacionales se denomina un enfoque “multiactor”.

Gobiernos, sociedad civil, sector privado, academia y las propias comunidades migrantes deben participar desde el diseño, no sólo en la implementación. Este punto es crítico: la inclusión tardía de actores suele convertirse en simulación.

“Se ha hecho un gran esfuerzo de integrar voces que normalmente no son escuchadas”, reconoce, pero también deja entrever que ese esfuerzo sigue siendo insuficiente.

Su diagnóstico sobre México es ilustrativo. Aunque reconoce al país como referente histórico en políticas hacia migrantes, advierte una desviación reciente hacia la protección consular, en detrimento del aprovechamiento estratégico del talento en el exterior.

La crítica no es menor: México protege, pero no capitaliza.

Narrativa, poder y disputa simbólica

Más allá de la técnica, Lara entiende que la migración también se disputa en el terreno narrativo. La estigmatización del migrante no se combate únicamente con datos, sino con evidencia visible de impacto.

Por eso insiste en una fase frecuentemente ignorada: la comunicación de resultados. Mostrar cómo las diásporas contribuyen en ambos lados -origen y destino- no es un ejercicio de relaciones públicas, sino una estrategia política para contrarrestar discursos antiinmigrantes.

“Se combate la narrativa negativa visibilizando lo que están aportando”, afirma.

En ese punto, su trabajo adquiere una dimensión más amplia: no sólo diseña políticas, también interviene en la construcción de legitimidad.

Mentoría y disciplina: el liderazgo que se reproduce

El liderazgo de Lara no se limita a foros internacionales. Se reproduce en redes de mentoría que han alcanzado a cientos de jóvenes, particularmente mujeres. Su enfoque no es inspiracional, sino pragmático.

“La disciplina y el esfuerzo… son los que te llevan lejos”, sentencia.

La frase, lejos de ser un cliché, refleja una ética de trabajo que atraviesa su propia trayectoria. Escribir mil palabras diarias durante su doctorado no es una anécdota; es una declaración de método.

El significado del reconocimiento

El Premio Mujer Tec 2026 no aparece en su discurso como un logro individual. Lo resignifica como plataforma de visibilidad colectiva.

“Se visibiliza el potencial que tienen las poblaciones migrantes… y combatimos la narrativa negativa”, afirma.

El énfasis no está en el mérito, sino en el efecto. Para Lara, el reconocimiento sólo tiene sentido si amplifica voces y abre rutas para otras mujeres.

Su referencia a la sensación de no pertenencia -“ni aquí ni allá”- no es retórica. Es una condición estructural de la experiencia migrante que, en su lectura, puede convertirse en motor de liderazgo.

Una voz que incomoda

La relevancia de Larisa Lara no radica en su posición institucional, sino en su capacidad de cuestionar los supuestos del sistema que habita. Su trabajo obliga a replantear la migración no como problema a gestionar, sino como red de poder, conocimiento y transformación social.

En un debate saturado de simplificaciones, su voz introduce complejidad. Y en esa complejidad -incómoda, técnica, política- reside su verdadero liderazgo.

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