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Fundación Rockefeller en Latam: por qué la filantropía del futuro se parece más a una estrategia de inversión que a la caridad

Por Uriel Naum Avila

La incertidumbre global redefine prioridades -menos cooperación internacional, mayor presión social y desafíos climáticos y energéticos cada vez más complejos-, la filantropía enfrenta una pregunta incómoda pero inevitable: ¿sigue siendo relevante el modelo tradicional de “donar para ayudar”? La Fundación Rockefeller parece tener clara su respuesta. Y su regreso estratégico a América Latina lo confirma.

 

Lyana Latorre, vicepresidenta de la Fundación Rockefeller para América Latina y el Caribe
Lyana Latorre, vicepresidenta de la Fundación Rockefeller para América Latina y el Caribe.

La apertura de una oficina regional para América Latina y el Caribe no es un gesto simbólico ni una operación nostálgica. Es una decisión política, económica y social con visión de largo plazo. Al frente está Lyana Latorre, vicepresidenta de la Fundación Rockefeller para América Latina y el Caribe, una líder colombiana con una trayectoria poco común para el sector: banca de inversión en Estados Unidos, experiencia en filantropía corporativa y participación en consejos directivos. Su perfil habla por sí solo: la filantropía ya no se lidera solo desde la vocación, sino desde la estrategia.

De la caridad al impacto sistémico

Durante décadas, en América Latina la filantropía se asoció a la caridad: ayuda puntual, donaciones aisladas, relaciones asimétricas. Ese enfoque, aunque bien intencionado, mostró límites claros. No cambia estructuras, no escala soluciones y, en muchos casos, perpetúa dependencias.

La Fundación Rockefeller plantea otra lógica: la filantropía como inversión social. No se trata de “dar”, sino de construir capacidades, articular actores y generar retornos que trasciendan a la fundación misma; el reto hoy no es operativo, sino conceptual. Cambiar la mentalidad es más difícil que asignar recursos.

En esta visión, el impacto no se mide por la urgencia resuelta, sino por la causa transformada. No se busca apagar incendios, sino rediseñar el sistema eléctrico, sanitario o alimentario que los provoca. Es una apuesta menos vistosa, pero infinitamente más duradera.

Liderar sin imponer: el valor de lo local

Uno de los giros más interesantes del regreso de Rockefeller es su énfasis en lo local. No como discurso, sino como práctica. “Quiero que en México nos vean como una fundación mexicana”, afirma Lyana. La frase encierra una idea poderosa: no hay impacto sostenible sin legitimidad territorial.

En lugar de llegar con soluciones prefabricadas, la fundación apuesta por escuchar. Apenas reabrió la oficina regional, convocó a más de 70 líderes en 13 países para reflexionar sobre el futuro del ecosistema filantrópico. El diagnóstico fue contundente: menos caridad, más colaboración; financiamiento multianual; eficiencia; y un cambio profundo en el lenguaje.

Ese cambio semántico no es menor. Implica pasar de “beneficiarios” a “socios” redefine la relación de poder. Dejar de decir “te dono” para decir “trabajemos juntos” transforma la expectativa, la responsabilidad y la rendición de cuentas. En el mundo de los negocios, eso se llama alineación de incentivos.

Filantropía, sector privado y gobierno: una alianza inevitable

Otro mensaje clave de la estrategia Rockefeller es que ningún sector puede resolver solo los grandes problemas actuales. Ni el Estado, ni el mercado, ni la filantropía. La solución está en la intersección.

El sector privado tiene capacidad de escala y eficiencia; los gobiernos, legitimidad y alcance; la filantropía, flexibilidad y tolerancia al riesgo. Su rol no es sustituir, sino catalizar. Probar, articular, reducir fricciones y permitir que las soluciones crezcan más allá del piloto.

En un contexto donde la ayuda internacional se contrae, esta lógica se vuelve aún más relevante. La filantropía deja de ser un “extra” y se convierte en infraestructura blanda: conecta, traduce, alinea intereses. Para los líderes empresariales, el mensaje es claro: involucrarse no es filantropía reputacional, es estrategia de sostenibilidad.

Medir lo que importa: sostenibilidad real

Rockefeller plantea dos preguntas incómodas pero necesarias para evaluar impacto: ¿el proyecto sobrevive sin la fundación?, ¿qué oportunidad económica deja en la comunidad? Si la respuesta es negativa, el modelo falla.

Aquí la sostenibilidad no se limita a lo financiero. Incluye gobernanza, capacidades locales, apropiación social y viabilidad técnica. Es una lógica similar a la del capital paciente: menos obsesión por resultados inmediatos, más foco en resiliencia.

Por eso, la hoja de ruta de la fundación se estructura en tres pilares -energía, salud y sistemas alimentarios- con una doble temporalidad: acciones hoy y visión a 10 o 15 años. El acceso a energía, por ejemplo, no se concibe solo como infraestructura, sino como palanca de desarrollo integral: educación, salud, conectividad y productividad.

América Latina como laboratorio global

Lejos de ver a la región como un espacio de carencias, Rockefeller la entiende como un laboratorio social único. Su diversidad cultural, económica y geográfica permite probar soluciones complejas en contextos reales. Lo que funciona aquí puede escalar globalmente.

Esta mirada rompe con el paternalismo histórico y coloca a América Latina como generadora de innovación social. Para quienes buscan retorno social auténtico -y no solo narrativo-, la región ofrece una oportunidad estratégica.

Propósito con disciplina

¿Puede la filantropía generar retorno? Sí, aunque no en los términos tradicionales. Retorno social, reputacional y sistémico. Y eso no es un problema; es una virtud. Hacer filantropía bien hecha fortalece ecosistemas, reduce riesgos futuros y construye legitimidad.

El mayor error, advierte Liliana, es entrar desde la lógica de la donación. La filantropía del futuro no asiste: invierte, acompaña y permanece.

En su primer año, la mayor satisfacción no ha sido “dar”, sino aprender. Construir una oficina regional desde cero, con el respaldo de una institución centenaria, se vive como una empresa emergente con memoria histórica. Y quizá ahí esté la clave: combinar propósito con disciplina, visión con humildad y legado con innovación.

En un mundo que exige cambios sostenibles, la filantropía que importa no es la que llega rápido y se va, sino la que se queda, escucha y transforma desde la raíz. Rockefeller, al volver a América Latina, parece haber entendido que el futuro no se dona: se construye en conjunto.

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