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Si puedes dirigir un equipo, puedes dirigir tu sistema hormonal

 

Por Mayra Cadengo & Rocío Díaz, Roru

Hay algo que se repite cuando trabajamos con mujeres que ocupan posiciones de liderazgo: dominan el lenguaje del negocio, pero se quedan sin mapa cuando el indicador que baja es su energía.

Mujeres
Lo que desgasta es operar sin escuchar el sistema interno mientras se sostiene exigencia constante.

Saben leer reportes, trabajar por trimestres, ajustar estrategias y sostener equipos bajo presión. Saben qué hacer cuando algo en la empresa no está funcionando. Sin embargo, cuando se trata de su propio cuerpo, muchas operan sin estructura. No por falta de disciplina —la disciplina les sobra— sino por falta de un sistema aplicado hacia adentro.

Por eso aparece esa frase que suena lógica, pero siempre trae una alarma escondida: “Estoy haciendo todo bien y no entiendo por qué me siento cansada, inflamada o desconectada.”

Cuando una ejecutiva dice “todo bien”, casi siempre significa que está cumpliendo: come saludable, entrena, trabaja, se hace estudios, intenta dormir. Todo correcto. Pero el cuerpo femenino no responde únicamente a acciones aisladas; responde al orden. Igual que una organización: una empresa no mejora porque haga “cosas buenas” al azar, mejora cuando hay sistema, seguimiento, métricas, momentos de ejecución y momentos de recuperación. El cuerpo funciona igual.

Y aquí viene el punto que incomoda porque nos exige dejar de actuar como máquinas lineales: nosotras seguimos ciclando. A los 35, a los 45, a los 50. Incluso en perimenopausia. Cambia la energía, la tolerancia al estrés, la capacidad de enfoque, el sueño, el apetito, la necesidad de pausa. Sin embargo, intentamos rendir igual todos los días del mes, como si fuéramos una línea recta.

Eso no es fortaleza. Es desconocimiento biológico… y una cultura laboral que aplaude la desconexión mientras la llama “alto rendimiento”.

Cuando no hay descanso profundo, el cortisol sube. Cuando el cortisol se mantiene alto, el cuerpo entra en supervivencia. Y en supervivencia no hay claridad estratégica: hay reacción. Se decide rápido, sí, pero se decide desde la urgencia. Y esa urgencia cobra factura en el cuerpo y en el negocio.

La verdad incómoda no es que “el trabajo te roba la salud”. Lo que desgasta es operar sin escuchar el sistema interno mientras se sostiene exigencia constante. Es liderar como si el cuerpo fuera un recurso infinito; como si tú fueras la infraestructura que nunca se cae.

En lo corporativo entendemos algo que parece obvio: hay temporadas para empujar y temporadas para replantear. Un equipo necesita descanso para sostener creatividad. Un proyecto sin ritmo se rompe. Pero a las mujeres casi nunca nos enseñaron a aplicar esa misma inteligencia estratégica a nuestra salud hormonal. Entonces intentamos compensar con fuerza de voluntad lo que en realidad requiere organización. Queremos resolver con más ejercicio lo que pide descanso. Queremos “hacer todo” cuando lo que necesitamos es hacer menos, pero en el orden correcto.

Aquí es donde nuestra mirada —la de sanar sistemas, negocios y personas que los sostienen— se vuelve útil. Cuando una organización se enferma no se arregla con regaños ni con más presión. Se diagnostica. Se detectan fricciones, fugas de energía, ritmos imposibles, conversaciones pendientes. Se rediseña estructura, se mide, se ajusta y se sostiene. Una mujer líder merece ese mismo respeto: no más exigencia, más sistema.

Porque la salud no es una lista de hábitos. Es un sistema vivo que necesita seguimiento, ajustes y fases. Y por eso, en nuestro trabajo, no buscamos crear dependencia: al inicio guiamos, luego enseñamos y después nos retiramos. La transformación real ocurre cuando una mujer entiende su propio funcionamiento y deja de necesitar que alguien le diga qué hacer.

Esto no es solo personal. Es empresarial.

Una mujer regulada no solo se siente mejor: decide mejor. Tiene más criterio, más estabilidad emocional, más claridad para priorizar, más presencia para conversaciones difíciles. Produce más, sí, pero sin romperse. No es debilidad introducir la conversación hormonal en la empresa; es inteligencia estratégica. Porque sanar un negocio, en el fondo, es crear condiciones para que lo valioso no se queme. Y si tú eres parte de lo más valioso en tu organización, tu regulación no es un “tema privado”. Es un KPI silencioso.

Si puedes dirigir un equipo, puedes dirigir tu biología. Solo que no se hace con más exigencia: se hace con sistema. Y cuando lo haces, no trabajas menos. Trabajas mejor.

Tu cuerpo no está fallando. Está reportando. Y ya es hora de leer ese reporte como la líder que eres.

— Mayra Cadengo & Rocío Díaz, Roru

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